La Importancia de la Verdad PDF Imprimir E-mail
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Articulos - FAMILIA
Miércoles, 05 de Mayo de 2010 15:24

Por: Rosángela Mendoza
La verdad es uno de los principales valores positivos de nuestra sociedad. Un valor positivo es algo que hemos convenido en considerar que está bien o es bueno. Hablamos de verdad en términos de honestidad, sinceridad y buena fe. Es decir, decir la verdad, hablar con la verdad o actuar en base a la verdad.
 La ausencia de la verdad, en este sentido, genera básicamente la falta de confianza entre las personas.  El ser humano es un ente social que necesita de la relación con los otros y en esa relación es imprescindible creer en lo que el otro me dice o hace para sentirme seguro, confiado y hasta querido. Para los niños la principal fuente de verdad son sus padres. Los padres esperan siempre que sus hijos se comuniquen con ellos en base a la verdad. 


 La manera básica en que se expresa la ausencia de verdad es la mentira, la cual es considerada entonces como un valor negativo. Pero también el secreto es una forma de omitir la verdad. Cuando se sospecha de mentira o secreto en el ambiente familiar suele surgir la tensión o el malestar que genera la desconfianza en los seres que más amamos y deberían ser nuestra principal fuente de tranquilidad. Cuando este malestar se enfrenta y surge “la verdad”, aunque a veces puede ser dolorosa (como dice la frase popular) deviene un bienestar, un alivio, una tranquilidad.
 Ahora bien, ¿por qué mentimos las personas? Las causas pueden ser múltiples, pero en el fondo se encuentra el temor a ser castigado, rechazado o excluido por decir la verdad.  La verdad entonces tiene muchas veces un “precio” emocional alto. Comencemos por pensar qué tan sinceros somos con nosotros mismos y con los demás. Qué difícil se nos hace a veces reconocer algunas de nuestras verdades. ¿Seremos capaces de vivir sin algunas “mentiras” que nos sirven como defensa para sobrevivir emocionalmente? ¿Es posible vivir en la absoluta verdad?
 De esta reflexión, podemos preguntarnos, ¿todas las mentiras deben calificarse de la misma manera? La respuesta es no. Comencemos con los niños. En los niños pre-escolares la mentira puede ir asociada a su incapacidad para diferenciar la realidad de la fantasía, a su tendencia lúdica de modificar la realidad según sus deseos y al principio de complacer a los padres (“Digo que no fui yo quien rompí el jarrón porque mamá se pondrá brava”). Entre los 7 y 9 años la noción de mentira o verdad va siendo conceptualizada de manera más clara en la medida que avanza el desarrollo mental o cognitivo y el desarrollo moral. Ya al inicio de la adolescencia, suele estar más definida la importancia de la verdad. En conclusión, al juzgar una mentira no podemos dejar de lado la etapa de desarrollo mental y moral de la persona.
 Los niños suelen mentir para presumir, para no ser castigados, para vengarse, por vergüenza, para proteger a alguien, para complacer a alguien,  para sentirse con poder, para evitar la presión de unos padres exigentes, para probar límites.
 Cuando un niño o adolescente miente busquemos primero qué puede ser lo que le ha motivado a mentir, lo que lo ha llevado a omitir la verdad. Pero preguntémosnos, ¿Les hemos transmitido a nuestros hijos el mensaje de que somos capaces de oír sus verdades?  ¿Estamos dispuestos a escuchar la verdad sin alterarnos? ¿Cuándo dice la verdad siempre termina castigado? ¿Hemos sido un buen ejemplo de honestidad? Identificada la mentira, se precisa del diálogo y la orientación para ayudarle a modificar este comportamiento en un marco de afecto y comprensión. Aún en los casos, donde los padres han manejado un excelente nivel de comunicación y confianza con sus hijos, éstos se pueden ver a lo largo del desarrollo en situaciones que le lleven a mentir por miedo a decepcionar a sus padres. Lejos de culparlos debemos ayudarles a restaurar la confianza resquebrajada.
 Examinemos nuestra conducta y pensemos con qué frecuencia no cumplimos lo que prometemos, damos falsas excusas, rompemos las normas para obtener ventajas, somos excesivamente autoritarios o exigentes, o simplemente no corregimos a nuestros hijos cuando sabemos que están mintiendo. Todos estos son comportamientos que refuerzan la mentira.
Hay otro punto que nos gustaría abordar brevemente. También los padres con cierta frecuencia temen decir la verdad a sus hijos. Y la principal razón por la que lo hacen es para evitarles lo que ellos entienden que podría ser un sufrimiento o un dolor.  En algunas ocasiones esto puede ser cierto, pero transmitir una irrealidad o fantasía, ocultar una verdad familiar, evitar afrontar temas difíciles, a la larga puede ser más dañino que beneficioso, ya que pone en riesgo la confianza del hijo hacia los seres que más quieren  y que están supuestos a darle la mayor seguridad posible, y esto sí puede ocasionar un importante sufrimiento.
Lamentablemente vivimos en una sociedad de doble moral, que muchas veces premia la mentira y demás valores negativos.  Es complejo fomentar la verdad en este contexto.  Sólo podemos hacerlo siendo ejemplo y mediante el diálogo abierto y sincero con nuestros hijos. También debemos estar dispuestos a escuchar y a tratar de comprender los retos morales a los que se enfrenta la nueva generación, marcados por la globalización y los avances tecnológicos.  La realidad de nuestros hijos es muy diferente a la nuestra, pero no los culpemos de antemano, abramos los ojos y afinemos el oído.
Entre algunas recomendaciones prácticas para evitar que sus hijos mientan podemos mencionar: Enseñar el valor de la verdad, la sinceridad y la honradez con nuestras palabras y nuestro ejemplo; en los pequeños, ayudarles a diferenciar entre sus deseos y la realidad; analizar con el niño o adolescente los motivos y las consecuencias de las mentiras, y ofrecerle alternativas a ese comportamiento, es decir, enseñarle una forma de actuar más adecuada; evitar ser muy autoritario o excesivamente exigente; cuando se descubre que el niño ha mentido se debe actuar no con represión, si no con firmeza y racionalidad; cuando el niño incurra en un mal comportamiento, explíquele que si dice la verdad la consecuencia será menos severa; separe el mal comportamiento del hecho de mentir sobre éste; evalúe si el niño o el joven tiene alguna dificultad que lo está llevando a mentir; como algún tipo de presión social, una excesiva carga académica,  una dificultad emocional (se siente triste, ansioso, preocupado) y recompense la verdad con elogios y privilegios.
Enseñar el valor de la verdad es imprescindible en nuestra labor de padres. Puede parecer arduo o complejo. Pero sólo debemos tener presente que por más complicado que sea es nuestro camino más seguro a la formación de seres humanos íntegros y emocionalmente saludables. Cuando la mentira se vuelve un comportamiento persistente no se debe vacilar en buscar ayuda profesional.

 

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